Follis de Constantino I: El Mito de la Loba, Rómulo y Remo

Hay monedas que pasan de mano en mano sin dejar huella… y luego están las que parecen haber nacido para contar una historia. Imagina abrir un pequeño lote de bronce tardorromano y ver, de pronto, a una loba amamantando a dos recién nacidos bajo un cielo de estrellas. No es casualidad, no es decoración: es propaganda, mito, identidad y poder comprimidos en un disco de metal de poco más de dos centímetros. Es el universo simbólico de Roma grabado en un follis de Constantino I.



Una pieza común… que no tiene nada de corriente

A primera vista podría parecer otra moneda tardía más, de esas que aparecen en casi cualquier lote de arqueología menor. Pero basta un segundo golpe de vista para darse cuenta de que esta pieza forma parte de una de las emisiones más carismáticas del siglo IV (306-337d.C).

El anverso, coronado por la inscripción VRBS ROMA, muestra a Roma personificada con su casco y su porte marcial: una ciudad transformada en diosa. El reverso, quizá uno de los más célebres del periodo, despliega la escena fundacional: la loba capitolina con Rómulo y Remo, los gemelos destinados a levantar la ciudad eterna.

Un mensaje directo, orgulloso y perfectamente calculado.

Moneda de Lucernae Numismatics

El significado de las inscripciones

  • VRBS ROMA: no es solo un nombre; es la reivindicación de la capital histórica, una afirmación de continuidad mientras el imperio se preparaba para mirar hacia Oriente.

  • La loba y los gemelos: la imagen más poderosa de la tradición romana, símbolo de origen divino y destino inevitable.
  • Las estrellas: una alusión al carácter casi cósmico del mito, a la eternidad de Roma y a su protección celestial.

Unificador en tiempos convulsos

Cuando Constantino se hizo con el poder, el Imperio Romano era poco más que un rompecabezas mal encajado, dividido en tetrarcas que compartían el trono con más tensión que armonía. Él logró lo que muchos consideraban una quimera: volver a concentrar el mando en una sola figura. En una época marcada por la fragmentación, su aparición devolvió cierto aire de estabilidad y rumbo.

Sus reformas abarcaron prácticamente todo: administración, ejército, moneda, urbanismo… Constantino no se limitó a ocupar un trono; se empeñó en transformarlo todo. Y, en ese empeño, supo utilizar los grandes símbolos del pasado —como la loba capitolina— para legitimarse ante un mundo que aún veneraba sus raíces.

Constantino I

El Edicto de Milán: libertad religiosa con mirada larga

En 313 d.C. decidió conceder libertad de culto mediante el Edicto de Milán. No fue una ocurrencia ni un gesto piadoso sin más. Aquello abrió una brecha profunda en la historia romana. Constantino no proclamó el cristianismo como religión oficial —eso llegaría tiempo después—, pero sí puso las piezas en el tablero para que su influencia creciera. Era política estratégica: sumar apoyos, suavizar tensiones internas y presentarse como un gobernante capaz de mirar más allá del presente inmediato.



Constantinopla: su apuesta por el futuro

Roma podía ser eterna, pero Constantino entendió que el futuro pedía un escenario nuevo. En el 330 d.C. levantó Constantinopla, una ciudad estratégicamente situada, próspera y fácil de defender. No tardaría en convertirse en la joya del Imperio Romano de Oriente y en un centro cultural y político que resistiría durante más de un milenio. Su proyecto tenía algo de arqueólogo y de visionario: respetaba el pasado, pero no dejaba que este le anclase.

De hecho, ese equilibrio entre tradición y cambio marcó su reinado. Mientras impulsaba una capital profundamente cristiana en Oriente, seguía acuñando monedas con símbolos de la Roma pagana, casi mítica. Para él no era incoherencia, sino una forma inteligente de mantener vivo el imaginario romano a la vez que rediseñaba el futuro.



La leyenda que la moneda inmortaliza

La imagen de los gemelos Rómulo y Remo junto a la loba capitolina remite al mito fundacional de Roma. Según la tradición, ambos eran hijos de Marte y de la vestal Rea Silvia. El rey Amulio, temeroso de que algún día reclamaran el trono que había usurpado, ordenó que los arrojara al Tíber. El río, sin embargo, los depositó en la orilla, donde una loba los encontró y los amamantó hasta que un pastor llamado Fáustulo los recogió y los crió como propios.

Con el tiempo, al descubrir su origen, los hermanos derrocaron a Amulio y devolvieron el poder a su familia. Después, decidieron fundar una nueva ciudad en el lugar donde la loba les había salvado la vida. La disputa por decidir quién debía darle nombre terminó trágicamente con la muerte de Remo a manos de su hermano. Rómulo quedó como fundador y la ciudad recibió su nombre: Roma. De esa mezcla de adversidad, destino y ambición nació el relato que moldearía la identidad romana durante siglos




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