La familia Severa: poder, plata y olvido

 Hay algo casi poético en sostener en la mano una moneda que sobrevivió a todos sus dueños. En la superficie plateada de estos denarios aún resplandece el orgullo de una familia que quiso fundar una nueva dinastía: los Severos.

Retrato familia Severa, con la cara de Geta borrada (damnatio memoriae)

En la primera imagen, un retrato familiar nos devuelve las miradas de Septimio Severo, su esposa Julia Domna y sus hijos, Caracalla y Geta. La pintura, hallada en Egipto, nos muestra a la familia imperial como un linaje casi divino, coronado y envuelto en oro. Una imagen cuidadosamente construida para proyectar poder, unidad y legitimidad. Pero bajo esa armonía fingida se escondía una historia de traición, celos y venganza.

Un padre y dos herederos

Septimio Severo, emperador desde el año 193, fue un militar implacable y un político astuto. Nacido en Leptis Magna, en el norte de África, ascendió en el ejército hasta proclamarse emperador tras el caos que siguió al asesinato de Cómodo. Durante su reinado fortaleció las fronteras, aumentó la influencia del ejército y consolidó el Imperio. Pero sobre todo, soñó con fundar una dinastía duradera.

Sus hijos —Lucio Septimio Bassiano, conocido como Caracalla, y Publio Septimio Geta— fueron el eje de ese proyecto familiar. Crecieron en medio del lujo y la disciplina, bajo la atenta mirada de su madre, Julia Domna, una de las mujeres más cultas e influyentes de su tiempo.

Sin embargo, ya desde la infancia, ambos hermanos se detestaban. Caracalla, el mayor, tenía un temperamento violento e impaciente; Geta, más reservado y reflexivo, prefería rodearse de filósofos y administradores. Su rivalidad era un secreto a voces en la corte.



Las monedas que acompañan este texto —los denarios de Septimio Severo, Caracalla y Geta— son testigos silenciosos de esa transición. El brillo del argentum reflejaba un mensaje claro: el poder seguía siendo firme, la dinastía continuaba. Pero poco después de la muerte del patriarca, todo se torció.

Caracalla: el emperador que quiso ser Alejandro

Cuando su padre murió en el año 211, los dos hermanos fueron proclamados emperadores conjuntos. A primera vista, Roma tenía dos augustos que continuarían el legado de Severo. En realidad, tenía dos enemigos irreconciliables.

Caracalla, que adoptó el apodo de su túnica favorita —una capa gala llamada caracallus—, soñaba con emular a Alejandro Magno. Era un hombre obsesionado con la gloria militar, la fuerza y la lealtad de los soldados. En su juventud ya mostraba una inclinación brutal: desconfiaba de todos, incluso de su propia familia.

Su gran legado histórico, además del infame fratricidio, fue la Constitutio Antoniniana (212 d.C.), un decreto que concedió la ciudadanía romana a todos los hombres libres del Imperio. Un gesto grandioso en apariencia, pero motivado más por la necesidad de aumentar los impuestos que por altruismo.

Caracalla pasó los últimos años de su vida en campaña, vagando entre Germania, Tracia y Asia Menor, siempre acompañado por sus legiones. En el 217, mientras viajaba hacia Carras, fue asesinado por un oficial de su propia guardia. Así acabó un reinado marcado por la paranoia, la sangre y un deseo insaciable de gloria.


Anverso Caracalla Reverso Caracalla

Geta: el hermano borrado

De Geta, en cambio, apenas quedó rastro. Y no porque su vida fuera insignificante, sino porque Roma decidió borrarla. Tras la muerte de Septimio Severo, ambos hermanos intentaron gobernar juntos, pero la convivencia se volvió imposible. Julia Domna, su madre, intentó mediar, sin éxito.

Según las fuentes, el palacio imperial fue dividido físicamente para evitar que se cruzaran. Los sirvientes debían pasar de una zona a otra con cuidado de no pronunciar el nombre equivocado delante del hermano equivocado. Era una comedia trágica en la que todos sabían que el desenlace sería fatal.

Finalmente, en diciembre del 211, Caracalla fingió una reconciliación. Convocó a su hermano a una reunión de paz en los aposentos de su madre. Cuando Geta entró, fue apuñalado por los guardias de Caracalla y murió en brazos de Julia Domna. Tenía apenas veintidós años.

A partir de ese instante, se decretó la damnatio memoriae. Su nombre fue raspado de inscripciones, sus estatuas destruidas, sus retratos martillados. En algunos relieves aún puede verse la silueta vacía donde estuvo su figura. Roma no solo lo mató: lo deshizo.

Anverso Geta 211 Reverso Geta 211

Sin embargo, el olvido perfecto no existe. Algunas monedas sobrevivieron, escondidas en la tierra o guardadas por manos anónimas. Al sostenerlas hoy, uno puede sentir una especie de resistencia muda contra el decreto imperial: una memoria que se negó a ser borrada.

La familia Severa quiso eternizarse en el mármol, el oro y la plata. Lo consiguió, pero no del modo que esperaban. Entre las grietas del tiempo, sus rostros siguen observándonos, recordándonos que incluso el poder absoluto no puede dictar lo que la historia decide recordar.


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